¿Por qué tu trabajo no impacta como quisieras?
- Roberto Pacurucu
- 28 jul
- 3 Min. de lectura

Muchas veces, como artistas, pasamos más tiempo mirando hacia afuera que hacia adentro. Observamos lo que hacen los demás, lo que parece funcionar, lo que otro logra. Y en esa búsqueda de referencias externas olvidamos algo esencial: el fondo no está en el exterior, está en nosotros.
Una de las preguntas más comunes que surgen en el camino creativo es: ¿cómo hago para que mi trabajo evolucione, para mejorarlo, para destacar? Y sin darnos cuenta, terminamos buscando la respuesta en otros, cuando lo que realmente nos diferencia está en nuestra propia esencia: en nuestra historia, en lo que nos emociona, en lo que nos llama.
Ese es el verdadero diferenciador: lo que nadie más tiene. Nuestras experiencias, deseos, heridas, placeres. En la búsqueda de ser únicos, muchas veces olvidamos abrazar lo más auténtico: ya lo somos.
A mi parecer, lo que más importa es tener claro cuál fue la razón por la que elegí lo que hago, conectar con ese primer deseo genuino y recordarlo. Preguntarme ¿para qué y para quién lo hago? ¿Qué es lo que realmente quiero lograr con lo que hago? Y, sobre todo —y lo más importante—: ¿quién soy?
El retratar, para mí, es una forma de vernos a través de otros. Es observar distintos matices que viven en las personas y reconocerlos en mí. Me agarro mucho de esa frase que dice que solo vemos a los demás en la medida en que hemos podido conocernos a nosotros mismos. Mientras no nos conozcamos, o no tengamos la capacidad de romper la barrera de dejarnos ver, nuestra fotografía —o cualquier disciplina artística que practiquemos— no tendrá ese impacto ni ese diferenciador.
Crear imágenes siempre ha sido mi forma de canalizar emociones. Un espacio solo mío. Cuando retrato, cuando observo, cuando elijo una imagen o hago el tratamiento de color, el tiempo pasa rápido, casi desapercibido. Crear desde ese lugar de disfrute, desde el puro placer, es lo que me conecta con mi voz. Y ahí está la clave: dejar de pensar en cómo lo va a tomar el resto, si va a gustar o no. Lo importante es que te guste a ti.
Cuando eres fiel a ti mismo y te conoces, todo fluye. Hacer una propuesta, un moodboard, definir una estética… todo se vuelve más claro porque ya sabes qué te llama y con qué te sientes cómodo. El problema es que muchas veces creemos que para llegar ahí lo único que necesitamos es técnica. Y sí, la técnica importa. Son herramientas que nos ayudan a lograr un mejor resultado. Pero si toda nuestra atención está puesta en ella, lo que terminamos teniendo es una foto “correcta” técnicamente… y nada más.
Ahí surge una pregunta clave: ¿bien hecha para quién? ¿Qué expectativas y de quién estamos tratando de cumplir?
Pensamos también que necesitamos un montón de equipos y accesorios para lograr una buena foto o “ser mejores”. Nos llenamos de todo lo que creemos que nos hace falta, cuando en realidad la cámara y el ojo ya son suficientes. Hay tantas campañas de moda hechas solo con luz natural, con un simple flash frontal (incluso el que viene integrado en la cámara), con una sola luz, con luz continua, con luz ambiente, con ISO alto… en fin, con todo aquello que supuestamente son “errores” en fotografía.
Desde el día uno nunca fui fanático de la técnica. A veces siento que es una distracción. Lo que realmente me importa —y lo que siempre vi en mis primeros referentes retratistas— es lo que la foto comunica. La fotografía tiene infinitas formas de ser: movida, borrosa, desenfocada, oscura, muy clara, mate, vibrante.
Ahí está la riqueza: en los matices, en los “errores” que generan placer visual. En la foto en sí, en el momento, en lo que transmite. Cuando la técnica o el equipo se vuelven el centro, muchas veces lo que queda es una imagen impecable… pero sin alma. Una foto posada, producida, pero sin vida.
Crear desde tu esencia es un acto de honestidad. Es permitirte dejar la obsesión técnica y el exceso de equipo para abrir espacio a lo que realmente te mueve. Es recordar que la respuesta nunca estuvo afuera. Siempre estuvo en ti.
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